Lecturas
Crecer nuevas raíces sin arrancar las primeras
Mudarse de país tiene una manera bastante eficaz de demostrar cuánto de nuestra vida creíamos universal.
La hora de comer. La manera de hablarle a un profesor. Cuánto ruido es demasiado ruido. Qué significa llegar “a tiempo”. Cómo se usan los espacios compartidos. Cuándo visitar a alguien. Cómo criar. Cómo trabajar. Qué se considera amable, frío, directo, invasivo, normal.
Al principio uno observa esas diferencias porque todo resulta nuevo. Después empieza a incorporar algunas sin darse cuenta.
Y eso también es migrar.
A veces hablamos de integración como si consistiera en una especie de resta: cuanto más aprendes del lugar al que llegaste, menos debería quedar del lugar del que vienes. O aparece la reacción contraria: conservar el origen se convierte en una resistencia permanente a cualquier cosa nueva.
La investigación sobre aculturación lleva décadas cuestionando precisamente esa falsa elección. Uno de los modelos más conocidos, desarrollado por el psicólogo John Berry, separa dos dimensiones que a menudo tratamos como una sola: cuánto mantiene una persona de su cultura de origen y cuánto participa en la cultura de la sociedad donde vive. Eso permite una posibilidad bastante más parecida a la vida real: incorporar la nueva sin necesariamente abandonar la anterior. [1]
En la literatura se suele llamar integración o biculturalismo a esa orientación hacia ambos mundos. Diversos estudios la han relacionado con buenos resultados de adaptación, aunque los investigadores también advierten que el contexto importa y que no existe una fórmula universal que funcione igual para cada persona, país o generación. [2]
En términos menos académicos: podemos aprender a vivir bien aquí sin fingir que nunca existió allá.
Eso implica aceptar que una cultura familiar cambia.
Los niños aceleran el proceso. Llevan a casa palabras, horarios, celebraciones, alimentos y reglas sociales del lugar donde están creciendo. Las parejas pueden venir de otros países. Los amigos amplían las referencias. Después de diez años, una casa migrante rara vez es una reproducción intacta de la casa que se dejó.
Y probablemente sea mejor así.
Conservar no debería significar congelar.
Hay una versión muy sentimental de la cultura que transforma cualquier costumbre de origen en algo que debe ser defendido simplemente porque “es nuestro”. Pero pertenecer a una cultura tampoco obliga a conservar sus peores hábitos. El ruido que invade la vida del vecino no se vuelve patrimonio cultural porque alguien lo justifique con un “así somos”. Tampoco la falta de respeto por el espacio público, colarse en una fila, el machismo o la idea de que adaptarse a normas básicas de convivencia equivale a traicionar la identidad.
Las raíces no necesitan arrastrar toda la tierra que tenían pegada.
Podemos escoger.
Podemos conservar la lengua, la música, la comida, la memoria familiar, el humor, la manera de recibir a alguien, las celebraciones que todavía significan algo. Podemos enseñarles a nuestros hijos quiénes fueron sus abuelos, de dónde vienen ciertas palabras y por qué hay personas al otro lado del teléfono que forman parte de su vida aunque vivan lejos.
Y podemos, al mismo tiempo, adoptar lo que el nuevo lugar hace mejor.
Esa posibilidad se vuelve especialmente importante cuando la migración deja de sentirse temporal. Para millones de venezolanos, ya no estamos hablando simplemente de unos años afuera. Casi 7,9 millones de personas han salido del país y los organismos que trabajan con esta población dedican cada vez más esfuerzos no solo a la atención inmediata, sino a la integración social, educativa y económica a largo plazo en las sociedades de acogida. [3]
La palabra integración merece atención precisamente porque significa algo distinto de desaparecer.
Una persona integrada puede participar plenamente en la sociedad donde vive, respetar sus normas, aprender el idioma, formar vínculos y desarrollar un sentido real de pertenencia mientras conserva una relación significativa con su origen.
Un niño puede sentirse neerlandés y venezolano. Colombiano y venezolano. Español y venezolano. Puede crear combinaciones para las que la generación anterior ni siquiera tiene un nombre cómodo.
No deberíamos obligarlo a escoger para tranquilizar nuestras propias inseguridades.
Quizá una mejor pregunta para las familias migrantes sea dejar de preguntarnos cómo conseguir que nuestros hijos sean “tan venezolanos como nosotros”.
No pueden serlo.
Nosotros fuimos venezolanos allí.
Ellos están descubriendo qué significa serlo desde otro lugar.
Lo que sí podemos decidir es qué encontrarán cuando miren hacia esa parte de su historia. Si habrá nombres. Historias. Fotografías explicadas. Palabras que todavía reconozcan. Una receta. Una canción. Una relación real con personas que vinieron antes.
Y también podemos darles permiso para sumar.
Nuevos idiomas. Nuevas costumbres. Nuevas lealtades. Nuevas casas.
Porque tal vez la imagen equivocada de la migración sea pensar que una persona arranca sus raíces de un sitio y las vuelve a plantar intactas en otro.
Con el tiempo ocurre algo bastante más interesante.
Crecen otras.
Y no hace falta cortar las primeras para hacerles espacio.
Fuentes y lecturas
[1] Berry, J. W. (1997). “Immigration, Acculturation, and Adaptation.” Applied Psychology, 46(1), 5–34. https://doi.org/10.1111/j.1464-0597.1997.tb01087.x
[2] Abu-Rayya, H. M., Berry, J. W., Sam, D. L., & Grigoryev, D. (2023). “Evaluating the integration hypothesis: A meta-analysis of the ICSEY project data using two new methods.” British Journal of Psychology, 114(4), 819–837. https://doi.org/10.1111/bjop.12656 Bierwiaczonek, K., & Kunst, J. R. (2021). “Revisiting the Integration Hypothesis: Correlational and Longitudinal Meta-Analyses Demonstrate the Limited Role of Acculturation for Cross-Cultural Adaptation.” Psychological Science, 32(9), 1476–1493. https://doi.org/10.1177/09567976211006432
[3] UNHCR. “Venezuela situation.” Updated December 2025: nearly 7.9 million refugees and migrants from Venezuela worldwide. https://www.unhcr.org/emergencies/venezuela-situation R4V. Regional Refugee and Migrant Response Plan / End-Year reporting: integration and longer-term inclusion efforts for Venezuelan refugees and migrants. https://rmrp.r4v.info/