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Lecturas

Venezuela, no explicada. Recordada.

Hay cosas de Venezuela que no recuerdo como historias. Las recuerdo como luz.

La claridad durísima de ciertas tardes. El verde de una montaña detrás de edificios que nunca parecían particularmente interesantes mientras vivía allí. El color del agua. Una pared. Una mesa puesta. La sombra de una mata sobre una acera. Cosas que, si alguien me hubiera pedido enumerar cuando todavía formaban parte de todos los días, probablemente no habría mencionado.

La distancia selecciona cosas rarísimas.

Uno pensaría que, después de años fuera, un país se conservaría en la memoria a través de sus grandes símbolos. Los lugares importantes. Las fechas. Los acontecimientos. Aquello que serviría para explicárselo correctamente a alguien que nunca estuvo allí. Pero la memoria no parece tener ningún interés especial en preparar una presentación coherente.

A veces guarda una temperatura.

Una textura.

La manera en que se veía una calle a determinada hora.

Hay algo profundamente físico en ese reconocimiento. Ves una fotografía y sabes de inmediato qué tiene de familiar antes incluso de encontrar las palabras para explicarlo. Algo parecido ocurre con otros sentidos: la investigación sobre memoria autobiográfica ha documentado, por ejemplo, que ciertos estímulos sensoriales —especialmente los olores— pueden traer recuerdos especialmente antiguos, vívidos y emocionales, a veces con una intensidad distinta a la de un recuerdo buscado deliberadamente. [1]

Quizá por eso recordar un país desde lejos no se parece demasiado a hacer inventario de él.

La distancia empieza a editar.

No necesariamente se recuerda lo más espectacular. Se recuerda lo propio. Y esas dos cosas rara vez son exactamente iguales.

Mi Venezuela tampoco puede ser toda Venezuela. Nadie posee una memoria nacional completa. Lo que cada persona carga está atravesado por su ciudad, su familia, su edad, su clase, los lugares donde creció, las cosas que pudo conocer y las que no. Alguien recordará Maracaibo desde un calor que otro apenas ha sentido. Alguien pensará primero en el Ávila; otra persona, en un pueblo, una carretera, el Orinoco, la costa, una casa que ya no existe.

Eso vuelve extraño el ejercicio de representar un país desde la nostalgia. Es muy fácil terminar convirtiéndolo en una colección de pruebas de venezolanidad: bandera, arepa, Salto Ángel, guacamaya, cuatro, colores vivos. Los objetos reconocibles cumplen su función, pero un país vivido durante años contiene demasiadas cosas que jamás llegarían a una lista de símbolos nacionales.

La vida cotidiana casi nunca sabe que algún día será nostalgia.

Cuando uno todavía está allí, una panadería es una panadería. El ruido de una calle es ruido. Una vajilla es una vajilla. La montaña sigue mañana. El mar también. Nadie se levanta pensando que debería mirar con más atención porque quizá dentro de quince años ese tono exacto de azul le provoque algo difícil de explicar.

Después ocurre otra cosa: aparecen los hijos.

Para quienes criamos niños fuera, la memoria deja de ser solamente privada. De pronto descubrimos que muchas referencias que nosotros reconocemos sin saber por qué ellos tienen que conocerlas de otra manera. Nosotros tuvimos contexto antes de tener palabras; ellos reciben muchas veces las palabras antes que el contexto.

Y entonces una imagen puede hacer algo interesante.

Puede convertirse en punto de encuentro entre quien recuerda y quien pregunta.

Eso terminó siendo el centro de Venezuela, de memoria. No quería hacer un libro que explicara Venezuela. Para eso ya existen atlas, documentales, guías, fotografías de viaje y millones de imágenes en internet. Quería reunir otra cosa: la Venezuela que aparece cuando el país deja de estar alrededor y empieza a sobrevivir en detalles.

Por eso el recorrido va de Luz a Color, Tierra, Ciudad, Agua y Mesa, hasta que entran Distancia y Hogar. No es una lista de lugares que habría que conocer. Es una memoria que poco a poco se vuelve más íntima.

Primero aparece el país casi físicamente. Después se acerca. Y al final sucede algo que para quienes llevamos años fuera resulta bastante familiar: la idea de hogar ya no coincide del todo con una coordenada.

Uno puede construir una vida en otra parte y seguir teniendo respuestas involuntarias ante el lugar anterior. También puede llegar a querer profundamente el país donde vive ahora. Los vínculos con los lugares no son necesariamente excluyentes; la investigación sobre apego al lugar entre migrantes describe precisamente relaciones múltiples y cambiantes con los sitios que habitamos a lo largo del tiempo. [2]

Tal vez por eso de memoria terminó siendo el título correcto.

En español significa recordar algo sin tenerlo delante. Saberlo de memoria. Llevarlo aprendido tan adentro que ya no hace falta consultarlo.

Y en inglés apareció la otra mitad del sentido: Venezuela, by Heart.

Para quien vivió allí, el libro puede funcionar como un espejo. Para una pareja, un amigo o un hijo que se acerca a esa memoria desde afuera, puede ser una ventana. Esa fue también la razón de hacerlo bilingüe: permitir que el mismo objeto perteneciera a la persona que reconoce y a la persona que quiere entender qué está reconociendo el otro.

Porque un país no vive solamente en un mapa.

A veces vive en algo mucho más pequeño: una luz, un color, una mesa, una imagen cualquiera y esa reacción instantánea —anterior incluso a la nostalgia— de mirar y pensar:

yo conozco esto.

Fuentes y lecturas

[1] Larsson, M., Willander, J., Karlsson, K., & Arshamian, A. (2014). “Olfactory LOVER: behavioral and neural correlates of autobiographical odor memory.” Frontiers in Psychology, 5:312. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2014.00312

[2] Du, H. (2017). “Place Attachment and Belonging among Educated Young Migrants and Returnees: the Case of Chaohu, China.” Population, Space and Place, 23(1), e1967. https://doi.org/10.1002/psp.1967