Lecturas
Lo que nuestros hijos heredan sin haber vivido allá
Un niño puede saber perfectamente cuándo una arepa está demasiado tostada sin saber ubicar Venezuela en un mapa.
Puede entender una palabra que nunca ha usado con sus amigos. Saber que cierto paquete dentro de la maleta de una visita es importante. Reconocer la voz de una abuela que vive a miles de kilómetros. Escuchar una canción que sus padres saben entera y asumir, con la naturalidad absoluta de la infancia, que esa canción simplemente forma parte de diciembre.
Antes de saber qué significa “herencia cultural”, ya está viviendo dentro de ella.
Eso es fácil de olvidar cuando somos nosotros quienes emigramos. Para el adulto, Venezuela existe como experiencia. Tenemos calles, colegios, casas, personas, errores, primeras veces. Podemos cerrar los ojos y poner detrás de una palabra un escenario completo.
Nuestros hijos muchas veces reciben el proceso al revés.
Primero reciben la palabra.
Después, quizá, la imagen.
Mucho después entienden la historia.
Ese desfase puede provocar cierta ansiedad en quienes criamos fuera. Nos preguntamos cuánto español deberían hablar, cuánto deberían saber, si conocen suficientes cosas, si se sienten “lo suficientemente” venezolanos. Como si hubiera un examen pendiente para el que debiéramos preparar el temario correcto.
La realidad de los niños bilingües y multiculturales es bastante menos limpia. La investigación sobre desarrollo bilingüe muestra una enorme variabilidad entre niños expuestos a una lengua familiar y a la lengua mayoritaria de la sociedad. Escuchar dos idiomas desde pequeños no garantiza desarrollar el mismo nivel en ambos; la cantidad y calidad de interacción y, especialmente, las oportunidades reales de usar la lengua familiar influyen mucho en su trayectoria. [1]
Eso explica escenas perfectamente normales en millones de casas: un padre habla español y su hijo responde en neerlandés. Una niña entiende todo pero busca una palabra en inglés. Un niño pronuncia “cachapa” con un acento que ningún abuelo habría previsto.
Nada de eso convierte automáticamente la transmisión en fracaso.
Porque heredar un país tampoco consiste en reproducir la infancia de los padres en otro continente.
Es imposible, para empezar.
Un niño que crece en Ámsterdam, Madrid, Miami o cualquier otro lugar tendrá referencias, amigos, idiomas y costumbres que no pertenecieron a la infancia de sus padres. Esa nueva vida también es suya. La relación que desarrolle con Venezuela tendrá que crecer dentro de esa biografía, no sustituirla.
Lo interesante ocurre cuando observamos qué cosas viajan.
No siempre son las que habríamos escogido conscientemente.
Viaja el idioma, aunque cambie. Viajan recetas, chistes, apodos, celebraciones, supersticiones, formas de saludar. Viaja la expectativa de llamar a determinada persona cuando ocurre algo importante. Viaja la idea de que existe un lugar llamado “allá”, aun cuando ese “allá” cambie según quién esté hablando.
Y viajan historias.
Eso último importa especialmente. Los estudios sobre narrativas intergeneracionales han encontrado que adolescentes y jóvenes recuerdan historias de las vidas de sus padres y las utilizan para comprenderlos, establecer vínculos con ellos, extraer enseñanzas e incluso construir conexiones con su propia identidad. [2]
La diferencia está entre heredar símbolos y heredar contexto.
Una arepa puede decirle a un niño algo sobre Venezuela. Saber quién las hacía los domingos, en qué cocina, quién se sentaba alrededor de aquella mesa y por qué ahora esas personas viven en cuatro países distintos le dice algo sobre su familia.
Ese segundo nivel no aparece por ósmosis.
Hay que contarlo.
No con una programación cultural doméstica capaz de hacer que cualquier niño huya en dirección contraria. Con la misma naturalidad con la que las familias siempre han contado historias: mientras se cocina, mirando una fotografía, explicando una palabra, respondiendo una pregunta inesperada en el carro, riéndose de algo que requiere demasiados antecedentes.
Una de las cosas más bonitas —y quizá más difíciles— de criar niños fuera es aceptar que después harán con todo eso algo que ya no nos pertenece completamente.
Podrán interesarse muchísimo durante una etapa y casi nada durante otra. Tal vez hablarán español distinto a nosotros. Quizá un viaje a Venezuela les reorganice referencias que llevaban años oyendo. Puede que una historia escuchada a los siete cobre sentido a los veintisiete.
Nuestra nostalgia no tiene por qué convertirse en la suya.
Nosotros extrañamos un país vivido.
Ellos están construyendo relación con un país heredado.
Esa diferencia está en el centro de Había una vez Venezuela, de Mis primeras palabras venezolanas y, en realidad, de buena parte del trabajo de Azul Guacamaya. No se trata de pedirle a un niño que sienta la ausencia que sintió el adulto. Se trata de evitar que su historia familiar llegue hasta él sin imágenes, sin nombres y sin contexto.
Después podrá decidir cuánto de todo aquello quiere llevar consigo.
Esa es la parte verdaderamente generosa de una herencia: no exigir que alguien la use exactamente como nosotros.
Asegurarnos, simplemente, de que pueda encontrarla.
Fuentes y lecturas
[1] Hoff, E. (2018). “Bilingual Development in Children of Immigrant Families.” Child Development Perspectives, 12(2), 80–86. https://doi.org/10.1111/cdep.12262 Hoff, E., Core, C., Place, S., Rumiche, R., Señor, M., & Parra, M. (2013). “Input and Language Development in Bilingually Developing Children.” Seminars in Speech and Language, 34(4), 215–226. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24297614/
[2] Merrill, N., Booker, J. A., & Fivush, R. (2019). “Functions of Parental Intergenerational Narratives Told by Young People.” Topics in Cognitive Science, 11(4), 752–773. https://doi.org/10.1111/tops.12356